jueves, agosto 10, 2006

Expedición a la tierra de las explicaciones*


I want to tell you/ my head is filled with things to say
When you’re here/ all these words they seem to slip
away
George Harrison


Siempre pasa: temo, tiemblo, titubeo. Las palabras se agolpan, se amontonan en mi boca como infinitos niños en la orilla de una alberca. Pasean por mi lengua, dando algunos brincos en la punta del flexible trampolín: muelle plataforma que medrosa avanza y retrocede. Calistenia de la justificación, preparación de la excusa que no acude a salvarme. A punto de arrojarse, de dar la cara al mundo, las medrosas clavadistas se arrepienten, rompen filas y regresan mareadas al sitio oscuro donde segundos antes se ataviaban con su uniforme de campeonas.
Y a esa hora hay siempre frente a mí un rostro desconcertado, unos ojos confundidos que en silencio esperan la frase que habrá de redimirme. Cansada, la mujer --que es una y todas las mujeres-- murmura un ruego casi de desprecio: “No te entiendo... Habla, di algo, no te quedes así”, y yo temo, tiemblo, titubeo.
Por eso, cuando alguien me habló del país de las explicaciones, decidí emprender un viaje hacia esa tierra ignota. De inmediato reservé un boleto en segunda clase, preparé mis maletas, puse en regla el pasaporte y me despedí de mi amante, quien me miró mortificada.
-“No te apures, después te explico”, le dije para calmarla.
La travesía fue difícil. En la cubierta del barco viajábamos en racimo cientos de seres atribulados que durante las semanas que duró la navegación solamente alcanzamos a balbucir medias frases, jirones de palabras inconexas que intentaban dar a entender lo que nos llevaba hasta aquella lejanía. Por eso nuestros rostros se iluminaron cuando finalmente el vigía avistó la tierra: en tropel corrimos hacía la proa para contemplar las costas del país.
En el puerto se apiñaban montones de explicaciones que al ver aparecer nuestro crucero agitaron sus pañuelos y desataron la gritería. Y cuando finalmente pudimos bajar corrieron todas hacia nosotros y prendidas de nuestros cuellos nos pedían: “llévame”.
Las había de todas las clases: estaban las más pequeñas, esas que sólo aparecen a la hora de los retrasos y los olvidos menores; y las medianas --“te amo, Laura... Perdón, Beatriz, es que se parecen tanto”. Abundaban, entre todas, las robustas que sacan de todo apuro pero que rara vez aparecen, esas que justifican el desamor y el adulterio, las grandes afrentas y las traiciones, las que generalmente arrostran la desgracia cuando está a punto de vapulearnos. Allí estaban todas. Absolutamente infelices, vagaban desorientadas por las calles. Ciegas, se golpeaban contra los muros, chocaban unas con otras. “Quiero ir contigo”, murmuraban a los visitantes: sin nada qué explicar, allí eran inútiles.
Así que llené mi valise con cientos de ellas y emprendí la vuelta al hogar, seguro de que al llegar lograría convencer a Penélope con un incontenible torrente de elocuencia. Pero ya en la aduana, cuando se me preguntó qué era lo que intentaba introducir al país dentro de aquella maleta, las manos me sudaron y tartamudee. El oficial leyó los sellos de mi pasaporte y sonrió: “Puede pasar, no es nada de peligro”, me dijo.
Pero sí que lo era. Ya en casa, la iracunda me preguntó dónde había estado todo ese tiempo. Yo, seguro y orgulloso, abrí mi petaca y entonces ocurrió:
Las explicaciones salieron de allí despavoridas. Libres al fin, se desperdigaron por la habitación, corrieron por los pasillos, saltaron por la ventana o se refugiaron en los agujeros que los ratones han heredado a mi morada. Aún pude atrapar algunas, las tomé de la cola, de las frágiles piernas, de donde mejor pude. La mujer seguía esperando mi respuesta con los brazos cruzados, el cigarrillo entre los dedos, la rabia coloreándole las mejillas.
Comencé entonces mi perorata. Ariscas, las pocas explicaciones que aún me quedaban se lanzaban al aire sin paracaídas, caían al suelo sin red protectora, torpes trapecistas; leones sin dientes, se abalanzaban a morder el aire. Tontas, lejos de la patria mis convincentes explicaciones se volvieron simples pretextos.
“No te entiendo, explícate”, me dijo aquella mujer por última vez. Y yo temí y temblé mientras ella salía azotando la puerta sin despedirse.
Y aquí sigo con mi silencio, desarmado y con un montón de explicaciones que me miran imbéciles y risueñas mientras corren por toda la casa.
Siempre ocurre.
* "Expedición a la tierra de las explicaciones" forma parte de mi libro Episodios célebres, recientemente publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Raul Carrillo Arciniega, amigo de España

5:22 a. m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Anónimo:

¿podrías aclararme la naturaleza de este comentario críptico?

VC

10:47 a. m.  

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