miércoles, septiembre 14, 2011

Temple de alto octanaje


Francisco Martínez Negrete,
El temple
, Ediciones sin nombre,
México, 2011.



Hace algunos años, en un ensayo cuya materia central no alcanzo a recordar, Eduardo Uribe elucubraba sobre la naturaleza posible de las conversaciones entre Joyce y Beckett. Conjeturaba el poeta, en aquellos párrafos, que, tocadas por el espíritu de la amistad o de la mera camaradería, las charlas entre ambos escritores debían de haber transitado entre la trascendencia y la banalidad, dibujado su periplo de las elevadas cimas de la cultura universal a los barriobajeros sótanos de la vulgaridad de los pubs dublineses.
       Como las hipotéticas charlas amistosas imaginadas por Uribe, la poesía de Francisco Martínez Negrete conoce esos extremos complementarios del discurso que se (con)funden en una masa verbal notoriamente vital, por visceral, y notablemente honesta, por directa y descarnada, que contrasta, por oposición, con la corrección de cierta poesía mexicana escrita por sus contemporáneos. Es Martínez Negrete, en este sentido, un outsider de nuestras letras, un subterráneo a base de congruencia (no importa si se comulga o no con ella) entre lo que vive, piensa y escribe. Esa congruencia existencial y literaria queda ahora, una vez más, de manifiesto en las páginas de El temple.
     Como los anteriores poemarios del autor, El temple es también un libro extraño, caprichoso, sin asideros visibles ni unidad formal o temática aparentes, como no sea la que le confiere el yo poético que cohesiona y da coherencia al conjunto de poemas, el sujeto común a cada uno de éstos: Paco Martínez Negrete. El temple es, así, un libro múltiple, o mejor: mutante. Cambia y recomienza de uno a otro poema, en cada verso se desploma para ofrecernos, enseguida, el espectáculo de erigirse nuevamente, merced a sus potencias lingüísticas y emocionales, hasta alcanzar la altura vertiginosa de las revelaciones que duelen al enunciarse: “Apenas una línea para decir amor/ el horizonte arde/ en la tarde azulenca en desbandada/ me deja entre las ruinas humeantes de mi vida/ entre pecho y espalda –corazón−/ ahí donde sabíamos que nada quedaría/ que no fuese calcinado por la llama.”
      Entre muchos libros posibles, El temple es, primero y sobre todo, un libro de amor, una celebración (anómala, paradójica) en la que, como en algunos de los poemas más célebres del Siglo de Oro, el goce es una antesala de la ruina, del olvido, del desconocimiento del ser amado: “Nada hubo más/ que aquello que nos diéramos/ sin saber que nos dábamos/ a la fruición del tiempo/ que todo lo devora/ desintegra/ olvida…”. Y del dolor que heredan sus cicatrices: Y tanto amor para llegar a esto/ a este andén a esta despedida/ para siempre jamás…/ Hoy que comenzamos a vernos como extraños.”
      “Incómodo aguafiestas en la casa del amor”, muy pronto, desde el primer poema del libro, Martínez Negrete pone de manifiesto una noción que contradice cualquier idea sensiblera o francamente cursi: el amor guarda un “tufillo a requesón barato”, es la moneda de caras repetidas de un volado en el que alguien (todos) siempre pierde. Es eso, finalmente: una pérdida que vuelve la dorada felicidad de ayer bisutería, fantasmagoría. En esa tónica del discurso amoroso, el lenguaje es un paliativo al dolor, una tabla de salvación contra la muerte y el olvido: “¡Y los malditos poemas para qué?”, se pregunta el poeta antes de responder: “para arrancarle al tiempo la belleza/ y detenerla trémula un instante”. Refutación del silencio, las palabras abren heridas paradójicas que nos alivian de la ausencia. Al fijar en el tiempo el instante trémulo de la plenitud, al arrojarse a su vacío colmado de lenguaje, la poesía, sugiere el poeta, nos salva de la muerte: “…pensando seriamente/ en saltar/ al vacío pero/ me gana la pasión por el poema/ y una/ vez/ más/ la poesía me salva el pellejo. ”
      En otro nivel, El temple puede leerse como una oda urbana, un canto al no lugar y sus esquinas, un catálogo de los marginales y oscuros que las pueblan. En este sentido, dos poemas, me parece, conforman el centro vital de este libro: en primer lugar “Freak Show”, delirante inventario de criaturas adictas a su miseria existencial, terapia de choque de la escoria caída en el fragor de la batalla contra la alienación individual y la excesiva carga de ser, celebración y denuesto de los paraísos artificiales:

Tras de cortar cartucho insisto en que la droga está de pocamadre (−el jodido fui yo− recalco receloso calibrando el sentido de la frase) y me lanzo tendido en una perorata tornada apología ferviente del atasque (pienso en Coleridge Shelley Baudelaire y Rimbaud):
El ajo y sus vislumbres mercuriales el opio y su dulzura trepidante la brutal claridad del peyotazo la aguda percepción chamánica-jolística-ego-desinfladora del derrumbe serrano la buena calidad del churro azteca el amargo sopor del nembutal el corazón sensual de la tachuela las visiones infinitas del san pedro la telaraña astral de la ayahuasca el patadón de mula –puro hirviente placer− de la tecata arponeada…

Luego viene el bajón de la prendida fiesta desciendo al albañal: la huida de la novia y los amigos la oscura soledad del apestado el descenso cabal al inframundo la música funérea que deja lo perdido las sombrías presencias de ultratumba el delirio y su roedor aleteo de cristales la caída en la horrenda bocaza del vacío la desintegración en la locura (derretido cerebro/corazón chamuscado)…
         
      En segundo lugar, destaco “Gasolinera”, poema mecánico-amoroso de altísimo octanaje en el que, como un redivivo y desenfadado Álvaro de Campos, el poeta contempla desde su ventana ya no el estanco de su incertidumbre ni “el carro de todo alejándose por el camino de nada”, sino el local combustible de donde nacen el orden y el caos de las ciudades y, en última instancia, el combustible purificado del amor: “y de noche fosforece como un faro/ y es promesa de santuario a los perdidos/ de kilometraje a las exhaustas gargantas/ de los carburadores que han andado/ muertos de sed la noche interminable/ expendio de vida y especie de hospital/ da neuma a las llantas deprimidas/ aceite al ponchis ponchis de pistones y engranes/ claridad a los cristales empañados/ de los autos que llegan enfermos de amor/ -como yo a tus brazos-". Hace unos meses, en un artículo sobre el incómodo Louis Ferdinand Celine, J.M. Servín rescató estas líneas que el mismísimo León Trotsky escribiera a propósito de Viaje al final de la noche: “a través de este estilo rápido, que pudiera parecer descuidado e incorrecto, apasionado, vive, brota y palpita la verdadera riqueza de la cultura francesa (…) Este artista sacude de arriba abajo el vocabulario de la literatura francesa”. Podríamos decir algo similar de Paco Martínez Negrete, quien al renunciar a la exactitud semántica, a manierismos vacuos y efectistas, a la corrección del discurso políticamente hipócrita, confiere a su poesía una fuerza inusitada en nuestro, muchas veces, pacato panorama poético. Manual de sobrevivencia física y anímica o mapa que al desplegarse señala las cumbres y las simas profundas del alma, El temple es, ante todo una muestra contundente de vigor verbal y pasión por la poesía.
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Este texto aparece publicado en el número 145 de Crítica, la revista de la BUAP. "Qué chula es Puebla".

lunes, agosto 15, 2011

A las puertas del templo


Aún recuerdo la primera vez:
la tarde de un domingo
de un año ya olvidado.

Mi padre me arrastraba de la mano
en medio de un río de lepra negra:
gentes de toda grey,
si bien de estofa sospechosa
(enanos, ladrones, mercenarios),
seguían nuestro camino.

Llegar hasta la arena
llevónos varias lunas,
−la ciudad era otra,
otras sus lindes,
y sobra confesar
que no teníamos nave.

Recuerdo menos bien a los beduinos
mercando su vendimia
por lo ancho de la calle:
el chilloso colorido de las máscaras,
los retablos de El Santo
(de plata enmascarado),
las plásticas efigies de los héroes:
El Ingenioso Ulises
y El Rayo de Jalisco,
Diomedes (el hijo de Tideo)
y El Espectro.

La turba se apiñaba amenazante
a la entrada del templo
en espera del milagro de las carnes
renacidas domingo tras domingo.

Fue entonces cuando vi a los granaderos
−en franco alejandrino formados centuriones−
avanzar y disolver la estampida a macanazos,

y recuerdo
−muy bien que lo recuerdo−
a mi padre doblado tras el golpe
−su máscara de rudo,
trofeo de Juan Soldado−,
procurando mi mano
en espera del relevo.

Mi padre
que, ya he dicho,
fustigaba mis pasos temerosos,
hubiera preferido para mí
otro deporte:

el box, el futbol o las mujeres,
pero nunca la rudeza innecesaria
del mundo aquel domingo
a las puertas de la arena.
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Publicado originalmente hace ya varios años en la muestra de poetas otrora jóvenes Un orbe más ancho (UNAM, 2005), estos versos luchísticos aparecen ahora en México y Colombia. Antología de poesía contemporánea, preparada por el querido poeta bogotano Federico Díaz-Granados. Vale la pena echarle un ojo a la selección mexicana, donde, merced a los afectos de Díaz-Granados, se juntan el agua y el aceite, por no decir la lumbre y la gasolina.

miércoles, junio 01, 2011

Salud, monsieur Cohen


Leonard Cohen

Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011

jueves, mayo 26, 2011

Amores difíciles, pasiones desastrosas


Qué suerte la mía encontrarte esperándome.
El mundo se desintegra y nosotros enamo­rados
.
Líneas de Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en Casablanca

Desde sus primeros versos, la Eloísa de Sil­via Eugenia Castillero se instaura en un tiempo suspendido que “se alarga” co­mo una gota de agua hasta formar una maleable estalactita verbal... He aquí la materia de su discurso: el tiempo sin tiempo, sin principio visible ni fin pro­ba­ble, del amor ideal(izado): “Eloísa es­pe­ra. / Un silencio de quilla de barco / al romper las aguas atraviesa cada / trazo del tiempo, / allí sus­pendida una gota se alarga / se alarga, / la espera incon­clusa / colgando / de cual­quier veta. / Puede ser una rama / rodeada de va­cío, / queriendo volcarse en algo, / caer por fin, romperse.” (Las cursivas son de SEC). A partir de un puñado de palabras llave (tiempo, espera, silencio, vacío), Cas­tillero construye un ámbito cre­puscular doblemente signado por la ausencia y la espera. Una espera erigida en el apo­ca­lip­sis íntimo que supone la partida del ama­do (Abelardo tácito, elidido, fantasmal) bajo “un cielo incendiado / —leja­nísimo y su­perficial— / un espectro provisional de lu­ces” que evoca la plasticidad ominosa de los paisajes de Edvard Munch en los que, como en uno de los versos de Silvia Eu­genia, “el mundo se caía”. Es inte­resante confrontar las imágenes desola­doras de es­ta Eloísa contemporánea con una anotación del Diario del artista no­ruego fechada en 1892 para constatar de qué misteriosas maneras los lengua­jes y sus símbolos se corresponden: “Pa­seaba por un sendero (…) —el sol se pu­so— de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apo­yé en una va­lla muerto de cansancio —san­gre y len­guas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad— (…) yo me quedé quieto, temblando de an­sie­dad, sentí un grito infinito que atra­vesaba la naturaleza”. “Allí me ahogue, / en ese azul desbordado / que tú volvis­te fin del mundo”, prosigue Eloísa en perfecta con­sonancia con el apunte del artista.
XXXXMás allá de la fijación del locus poético en un oscuro y lejano referente pictórico (la Oslo de Munch, con su in­candescen­te cielo de fondo), el escenario evidente de la dilatada espera de la aman­te es la ciudad de su cé­lebre pasión, un París plu­riforme y multitemporal, paisa­je interior antes que real, en el que confluyen las voces que habitan estas páginas (diferenciadas por distintas familias tipo­gráficas): la de la poeta cuyas palabras insuflan vi­da a su heroína trágica; la de la propia Eloísa-Penélope que te­je el su­dario verbal de su paciente espera he­cha de “ins­tante[s] partido[s] en muchos tiempos”; otra más, Eloísa futura o visio­na­ria, que apostilla el discurso de su ge­mela histó­rica desde la reconocible urbe contemporánea en que el descenso de la To­rre Eiffel es “una trampa del futuro” y los semáforos, los jardines, los buleva­res, los ca­nales y las plazoletas se vuelven símbolos aciagos de un naufragio latente, del amor amenazado que es, en realidad, todo amor.
XXXXParafraseando la célebre sentencia de Tolstói, podría afirmarse que si to­das las parejas felices lo son cada cual a su mane­ra, los amores desdichados pa­recen todos cortados con la misma ti­je­ra. De una in­tuición similar parte el poe­ta Eduardo Chi­rinos al afirmar en la cuar­ta de forros del volumen que: “Admitir que el París contemporáneo es un pa­limp­sesto del París medieval es admi­tir que cualquier historia de amor que ocurra en esta ciudad es un palimpses­to de la que sufrieron Abelar­do y Elo­ísa”. En es­te sentido, la historia de los trágicos amo­ríos de los amantes filóso­fos es, de algún modo, modelo y emblema de todos los amores malogrados. Conoci­da o no la his­toria de Pedro Abelardo y su pupila Eloí­sa, su impronta subsiste en los cimientos de la ciudad emblema, res­plan­dece en sus tabiques: “De la piedra, Eloí­sa, / vuelves incandescente, de cada piedra / eres extraída en un cúmulo de años (…) / Pero la piedra te arrebata, / sólo mis sensaciones te reconocen, rue­das / en­tre los bloques extraídos del suelo, can­tos / agudos y esculpidos te arrastran del de­talle / hacia el tiempo tumultuario y amorfo.”
XXXXMás aún: esa huella de los amantes y de la ciudad que los contiene pervive tam­bién, además, en la tradición romántica de los amores difíciles y las pasio­nes desas­tradas, en la morosa relación histórica de sus relatos, de Rojo y negro a El diablo en el cuerpo.
XXXXEn la confluencia en que pasado, pre­sen­te y futuro se superponen y se confunden hasta formar un único espacio atemporal y abigarrado, una Ciudad Luz crepuscular iluminada por la espera y el deseo, Silvia Eugenia Castillero alza un monumento a los amores sin ventura, a todos los amantes a quienes, como a Abe­lardo y Eloísa, como a Oliveira y La Ma­ga, como a Ilsa y Rick, siempre les que­dará París.

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Estos párrafos conjeturales salen publicados en las páginas del número 143 de Crítica, la poblana, donde también publican Nadia Villafuerte, Luis Vicente de Aguinaga, Jorge Esquinca, José Homero, Ernesto Lumbreras, Víctor Ortiz Partida, Ángel Ortuño, Fernando de León y Luis Alberto Arellano: ¡Puro cuaderno!

martes, mayo 24, 2011

Happy Birthday, Bobby!!!

martes, mayo 17, 2011

Nínive


Fuimos advertidos.
XXXSe nos dijo: "Huyan de esto: del fuego vengador, del diluvio atroz, de la tierra tremolante que los sepultará bajo la losa de Su ira."
XXXVino aquel profeta a decirnos eso, pero nadie atendió su aviso, entregados como estábamos al solaz de nuestros deseos, a la satisfacción de nuestros apremiantes apetitos. Como quien dice, lo tiramos a loco. De todos modos, ¿qué habríamos hecho? ¿A dónde habríamos escapado los tantos que somos? ¿A erigir desde sus fundamentos otra urbe ampulosa igual a ésta? ¿Y en dónde y para qué?
XXXAsí que nos quedamos, absortos en nuestros vicios y nuestros oficios. Llegada la hora -así lo hemos decidido en asamblea, por mayoría relativa-, tapiaremos nuestros oídos como Ulises y como Edipo vaciaremos nuestras cuencas, por no ver ni oír nuestra debacle. Eso haremos.
XXXY que sea lo que Dios quiera.

miércoles, abril 27, 2011

38



Es mi cumpleaños, y no hay nada de heroico en eso, apenas la constatación de una verdad aún irrefutable: estoy vivo. Me lo confirman esa punzada en el costado izquierdo, el leve malestar que me provoca mi hernia inguinal, el bezafibrato y la atorvastatina que facilitan la circulación de la sangre por este cuerpo que se fatiga apenas traspasado el umbral de la calistenia.

Con todo, me gusta llegar puntualmente a la fecha, al esperado, nunca del todo garantizado cumplimiento de la convención, de esta cita primaveral con la certeza de estar “aquí y ahora”, como se dice no sin cierta cursilería.

Cuando era joven, a los 21 o los 25, sufría por el arribo de abril con su crueldad y sus lilas y su tierra muerta. La cercanía de mi cumpleaños me amargaba como nos amargan esos insensatos que nos recuerdan cuánto hemos embarnecido, cómo nos hemos abotagado, de qué manera el tiempo se acumula en nuestras líneas de expresión… “¡¡¡¿Qué te pasooooó?!!! ¡¡¡Y qué fue de tus rizos indómitos!!!”

Pero, ¿no es una necedad tratar de negar lo obvio?: envejecemos con cada aniversario. De eso se trata. El cumpleaños es una postergación y no otra cosa. El aplazamiento indefinido de una condena: al final de todo está la dama aquella, la de los huesos helados. Por eso hay que celebrar: porque -de nuevo- estamos aquí y ahora. Eso es lo que festejamos. Y que, además, lo quieran a uno.