viernes, febrero 10, 2006

Asuntos laborales (I)



Las multitudes atareadas
Y se iniciaron los preparativos del Fin del Mundo [...], cuando surgió la pregunta sobre los trámites de inscripción. Y se aceptó que sí, que había que hacerlos, pero alguna dependencia debía imprimir los formularios, y el debate se profundizó y alguien los exhortó argumentando lo absurdo del papeleo si hasta allí llegaba la humanidad [...]. Y la discusión prosiguió, y por motivos de procedimiento debió aplazarse el Fin del Mundo, porque el aparato burocrático creado a tal efecto no se ponía de acuerdo en fechas, y ni modo, no se concibe un día postrero de la raza humana sin trámites administrativos.
Carlos Monsiváis


Refiere el Génesis que desde que el primer hombre accedió al conocimiento tuvo también la necesidad de ganarse el pan con el sudor de su frente (o de las partes del cuerpo que suden al realizar las tareas con las que nos ganamos el alimento). Eso es lo que nos cuenta la tradición hebrea. “Yo hubiera preferido quedarme pendejo con tal de no mover un solo dedo”, me dijo un amigo que se lamentaba de la adánica determinación. Algunos de quienes somos o hemos sido empleados de una institución pública mexicana compartimos esta opinión (si bien en esos sitios hay también muchos que, sin contravenir el deseo de aquel amigo, permanecen en estado de imbecilidad crónica sin mover uno solo de sus músculos).
Quien haya lanzado al mundo la sobada sentencia “el trabajo ennoblece al hombre” nunca fue burócrata. En lo personal, no encuentro ninguna nobleza en las multitudes atareadas en actividades tan opacas como canalizar documentos, optimizar recursos humanos para eficientar sus tareas, implementar y/o instrumentar programas de lo que sea, contemplar la factibilidad de un proyecto, organizar y asistir a juntas, y demás obligaciones que no se puede (no se debe, piensan unos) llevar a cabo sin que exista de por medio un papel que las ordene, autorice o conmine a hacerlas. Por el contrario, las excesivas cargas de tedio y trabajo infecundo a que la burocracia --sea del tipo que sea, incluidas la académica y la cultural-- condena a sus hijos reducen al alma a estados de vileza, desazón y resentimiento que ningún salario debería justificar. No hay que olvidar que en nuestro país la clase política, los vendepatrias y los “hermanos incómodos” se forman, precisamente, en el servicio público.
La burocracia, he oído decir a algunas personas, es como una madre castrante: asegura el alimento del cuerpo, pero niega al alma toda comida. Esto puede ser exagerado: si bien es cierto que la actividad (o inactividad, o seudoactividad) burocrática puede constreñir la imaginación en las estrechas mazmorras de los oficios, el memorando, la síntesis curricular y los informes trimestrales, también es cierto que sin ella careceríamos de relatos puntuales de ese universo angustiante que es precisamente el servicio público llevado a extremos ominosos. No deben de ser muchos, pero puedo asegurar que hay quienes en el hastío de las actividades oficinescas pueden encontrar el aliciente necesario para desarrollar su trabajo creador más fecundo. No se trata, sin embargo, de una alquimia laboral: convertir el plomo en oro, la mierda en rosas, la carta notarial en soneto. Nada de eso, los “Licenciado Anselmo Chimichurris. Presente” y los “sin otro particular, reciba un saludo atento”, o peor todavía, “las consideraciones de mi más fina atención”, quedan allí, como memoria y orgullo del archivo muerto, y es mejor que nadie trate de encontrar en esas líneas mayores indicios de virtudes estilísticas, a menos que quiera pegarse la aburrida más grande de su vida. Quiero decir que por muy bien redactados que estén un oficio, una carta de aviso, un nombramiento, e inclusive una renuncia, estos textos no tienen otra finalidad que aquella para la que fueron concebidos: hacer difícil, hasta rayar en los límites de lo imposible, algo aparentemente simple.
Si existen en el mundo servidores públicos capaces de elaborar un discurso original, estéticamente aceptable y distinto del documento oficial, es a pesar de la burocracia, y no gracias a ésta, como logran hacerlo. Se trata, en todo caso, de un complemento necesario para la aburrida y desgastante vida de la oficina. En la búsqueda del equilibrio que cada doctor Jekyll hace para aplacar los brotes de neurosis su mister Hyde, hay quienes cada viernes corren a la cantina para aliviar con un poco de alcohol la resaca de la semana inglesa (dos gin & tonic son una dosis recomendable), y hay también quienes cada noche, o en los constantes tiempos muertos de las oficinas (las “horas nalga”) se entretienen un poco emulando a los poetas castellanos, a los bitniks, a Jaime Sabines o incluso a cronistas de sucesos (conocí a uno que se distraía escribiendo cartas a los diarios deportivos, con la esperanza de que alguno las publicara como notas editoriales). En ambos casos el fin es vencer al hastío, modificar una rutina sin gran atractivo, agregarle un poco de sal --ya no digamos de mantequilla-- al duro pan de la vida diaria. Pero ir cada viernes a “tomar la copa” termina convirtiéndose en parte de la misma rutina, destroza el hígado y, a veces, la reputación. Sentarse a escribir poemas, cuentos, o el análisis de la situación del futbol nacional es, en cambio, una actividad inocua que, a lo mucho, llevará al burócrata a acumular en cierto tiempo una obra vasta en la que sus hijos y nietos podrán descargar sus burlas para hacer de él, como suele decirse, leña de árbol caído, y, en este caso, ¿qué mayor dicha puede haber para el hombre que verse recompensado con un trabajo que haga felices a los suyos?
Para un buen burócrata (pensemos en el que trabaja, y no, como podría creerse, en el que sobrevive sin hacerlo) las cosas, sin embargo, no son tan fáciles. Quien en la administración pública demuestra eficiencia, cierto talento para resolver los problemas cotidianos, y sobre todo resignación para sobrellevar el triste destino de ser un asalariado oficial, es difícil que encuentre un momento de descanso. Sometido a los necios caprichos de "El Castillo", al inconjurable “bomberazo” del fin de semana, a las órdenes de quién sabe qué deidad de traje oscuro, su tiempo se volverá el tiempo de la Patria, sus horas libres tendrán que sacrificarse en aras del Alma Mater, y su vida será sólo una pieza más de el complejo engranaje que mueve a una nación. A cambio el trabajador obtiene un currículo más o menos notable, como quien dice, “hace carrera”:
“De 1954 a 1990, el licenciado Rómulo Polillas se desempeñó como coordinador de la JAI (Jurisdicción de Asuntos Inexpugnables) de la Subpropabusca (Subprocuraduría para la Búsqueda de Causas Perdidas), de la que fueron titulares los expresidentes tal, tal y tal, y el hoy ministro de Planeamiento de Presupuestos Estratosféricos, licenciado Perengano”. Como puede verse, estos datos servirán, al final de toda una vida de sacrificio, para que la familia Polillas pueda inflar la nota necrológica del esposo ejemplar y padre amantísimo, don Rómulo P.
Si se quiere explotar dotes artísticas, distraerse del horror de la vida cotidiana o hacer meditación zen a costa del presupuesto gubernamental, es mejor navegar con bandera de tonto o de inútil, así nadie exigirá de uno enfadosos sacrificios. De lo anterior es posible obtener una moraleja: Nunca seas más útil de lo necesario. Esta, y cosas peores (como no hacer nada, o hacer hasta lo imposible para que una persona no obtenga un permiso, una licencia, un acta, etcétera), son en realidad la labor de gran parte de nuestro aparato burocrático. Quién no ha visto en cualquier oficina pública que se respete a ese simpático señor que permanece impávido ocho horas diarias frente a un escritorio, en espera de que alguien le lleve un papel para entonces cumplir con su función en el Universo: poner un sello. Bien, pues después de cierto tiempo, y una vez demostradas sus insustituibles capacidades laborales, este personaje es promovido a un puesto en el que esas mismas cualidades pueden ser mejor explotadas. Así, nuestro amigo, luego de cinco años de --como dicen-- “sobarse el lomo” en la Oficina de Sellos, Rúbricas y Membretes, continúa su vertiginosa carrera en la Oficina de Negación de Membretes, Rúbricas y Sellos; de ahí, en uno o dos años, puede ocupar una ventanilla de atención al público, en la que sin duda demostrará la vasta experiencia adquirida en todos sus años de “carrera”. Este puede ser, en general, el periplo de cualquiera de esos funcionarios que nos hacen perder mañanas enteras en filas interminables que no conducen a ninguna parte.
Anécdota ejemplar por verídica: Don Cata y el señor Grajeas, empleados de --llamémosle-- la Comisión Metropolitana de Aguas Negras y Líquidos Tumefactos Tratados y sin Tratar, se rascan la panza después de tres horas de hacer exactamente lo mismo. Intempestivamente, entra a la oficina el licenciado Lopillo, jefe de la Sección Jurisdiccional de Detritus Salobres e Insalubres --a la que se adscriben don Cata y Grajeas--, y con voz impostada llama la atención del primero: “¿Qué está haciendo, don Cata?”, el interpelado, en un arranque de sinceridad, responde: “Nada”; entonces Lopillo arremete contra el segundo: “¿Y usted, Chochitos?” Grajeas se despereza un poco y dice, señalando a don Cata: “Soy su ayudante, licenciado”. Por eso en México una breve frase --con carácter más de dogma de fe que de simple aforismo chabacano-- resume nuestra idiosincracia laboral: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ah... esas horas pasadas en la oficina, cuando el silencio del escritorio era el silencio de la vida.

E.U.

2:30 a. m.  

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