viernes, octubre 30, 2009

Eduardo Lizalde: la miel de la cicuta


Es relativamente común que en los textos menos célebres de un escritor, en líneas poco frecuentadas, atisbemos de pronto, como el detective que encuentra en el desván la inesperada pista del crimen irresuelto, alguna clave que nos haga comprensibles los métodos y las intenciones de su autor. A fin de cuentas, ¿no es de éste —de su mente y de su mano poseídas por la inteligencia y/o la inspiración— de donde brotan lo mismo el gran poema que el billete modesto? ¿Y no son uno y otro complementarios en ese concierto fragmentario, desigual, paradójico y contradictorio que damos en llamar obra?

“Me mira este pintor con ojo crudo y cruel,/ con ojo del Spagnoletto y de Velázquez,/ aunque ennoblece el porte nativo del modelo/ y le concede a mi nariz de cuervo dignidad aguileña.” Leo en estos versos, los primeros cuatro, de “Traducción de un rostro” (incluido en la Nueva memoria del tigre, volumen que reúne la obra poética que Eduardo Lizalde publicó entre 1949 y 2000) algunos rasgos esenciales de la poesía de Lizalde: ritmo y precisión, humor y alta cultura, ironía. Al tiempo que describe con exactitud un cuadro, el retrato que de él hizo Arturo Rivera, pintor dueño de un ojo y una técnica heredados de aquellos artistas con los que se le equipara, el poeta no duda en dirigir los dardos de su sorna contra su propio gesto, no el del felino que, merced a sus aficiones tigrescas, los lectores le hemos conferido en nuestro imaginario, ni siquiera el que le otorga el artista mediante la dignificación de su apéndice nasal, sino el más humilde, acaso vulgar, de un ave oscura considerada de mal agüero, a diferencia del águila, asociada (según Chevalier y Gheerbrant) con estados espirituales superiores: la fuerza, el valor y la inmortalidad. Quien conozca ese retrato de Lizalde por Rivera podrá confirmar la justa correspondencia entre la imagen pictórica y el discurso poético, uno que, más que glosar el contenido de aquélla, lo complementa al añadírsele como otra capa de óleo oscuro. Quien lea esos versos podrá también verificar la manera en que, como en el poema de su admirado Baudelaire, “…se responden perfumes, colores y sonidos”.

La obra poética de Eduardo Lizalde se ciñe, precisamente, al postulado de las correspondencias baudelaireanas: con mirada milimétrica, sagaz, el poeta establece la justa relación entre lenguaje y mundo, avanza por la jungla simbólica de la realidad para desentrañar y revelar, en su esencia, el sentido de esos emblemas que la pueblan. Si, efectivamente, la Naturaleza es ese templo del que cada tanto “brotan vagas palabras”, Lizalde asume la tarea de darles caza, alcance y concreción, esto es, de restarles vaguedad: “La selva hirsuta aprende/ la disciplina en el jardín”. Abigarrada y caótica, la selva del lenguaje “sólo tiene flores” a las que el poeta-jardinero les confiere un orden que, sin desvelárnoslo, nos muestra su misterio. Pero el jardín del poema lizaldeano tiene púas y hiere, y sobre él vuelca su mirada feroz, escéptica y desencantada. Un poema de Rosas (1994), una estación poco visitada de la obra de Lizalde, resume en ocho versos toda una poética:
La rosa es una herida, una sutura
en la membrana de algún vecino mundo superior,
un fuego accidental que ha perforado
la celeste comba del mundo terrenal,
un brote y estallido de belleza
de no previstas proporciones.
En los parajes de los que provienen,
las rosas son las pústulas.


“No combato particularmente contra nada, pero tengo una visión bastante negra del mundo”, declaró alguna vez Lizalde en una entrevista con Fernando García Ramírez. He aquí la clave fundamental de una poesía tocada por la gracia paradójica de la belleza que duele al revelarse, al endulzar el muñón que nos deja su dentellada.

***

Si es verdad que Lizalde y su obra cambiaron el paisaje poético mexicano, como llegó a afirmarlo Octavio Paz, lo es por varias razones. “La aparición de un poeta verdadero tiene algo de milagroso”, declara Paz en esas mismas líneas (publicadas en 1986 y destinadas a saldar una deuda con uno de los grandes ausentes de Poesía en movimiento). En ese sentido, Paz hace eco de las meditaciones que llevaron a Paul Valéry —uno más de los referentes lizaldeanos— a escribir:

La experiencia como la reflexión nos muestra […] que los poemas cuya compleja perfección y cuyo afortunado desarrollo imponen […] a sus maravillados lectores la idea de milagro, de golpe de suerte, de realización sobrehumana […], son también obras maestras de labor, […] monumentos de inteligencia y de trabajo sostenido, productos de la voluntad y del análisis […]. En un poema de cierta longitud es posible sentir que existen poquísimas posibilidades como para que un hombre haya podido improvisar sin retornos…

La publicación de Cada cosa es Babel, en 1966, se ciñe a esa calculada providencia. En efecto, providencial fue, en varios sentidos, la aparición de ese volumen: se trata, en primer lugar, de una empresa inverosímil para alguien que —descontando los tanteos juveniles del autor— publica un primer libro: un poema de largo aliento, equiparable en su extensión, pero también en sus pretensiones discursivas, a obras ya entonces canónicas como “Canto a un dios mineral”, “Muerte sin fin” o la en ese momento aún reciente “Piedra de sol”. En segundo lugar, dado a la luz cuando su autor estaba ya bien entrado en sus treinta, Cada cosa es Babel exhibe la poética sólida, casi a punto, de quien, engullida y correctamente digerida, ha logrado asimilar a su organismo lingüístico y poético la gran literatura. Si en su juventud Lizalde y sus compinches poeticistas terminaron echando por la borda el proyecto adolescente mediante el cual pretendían “desentrañar los mecanismos verbales y conceptuales que permitían a un poeta alcanzar una imagen brillante, descubrir las técnicas que hacían posible el ‘armado’ de un poema grande, los procedimientos de expresión y de búsqueda que hacían aflorar en un poeta un habla personal inconfundible”, veinte años después aquella empresa —acaso de forma inconsciente— reveló su éxito tardío. En esos versos resuena, o mejor, susurra apenas, temperado por su potentísima aunque a veces desbordada retórica, el eco de una multitud de prestigiosos precursores: el Siglo de Oro español, Góngora (“y nadadores, óptimos peces reducidos a su natación/ navegan sobre el puro navegar/ del hondo pez.” “ese monstruosamente holgado guante”) y san Juan de la Cruz (“Antes, canción lejana,/ los líquidos estancos,/ las aguas primigenias…”), Baudelaire y los simbolistas franceses (“Como el buitre que apesta/ desde el primer flirteo/ de sus progenitores.// Como el cerdo que hiede/ por diez generaciones/ hacia atrás y adelante.”), Othón, Díaz Mirón y, notoriamente, el inusitado Ramón López Velarde (“lágrimas de calamar/ que la amargura del océano momifica…”, “la errabunda prole de las cosas…”, “el charol temeroso de la fruta…”). Contemporánea por su fondo y contenido (un discurso que indaga, en el mismo año que el célebre libro de Michel Foucault, la tensa relación entre "las palabras y las cosas") la poesía de Lizalde no pretende ceñir su forma a las de las vanguardias latinoamericanas de la época. La prosodia lizaldeana, su exactitud, su decantación, su refinamiento léxico le exigían otros referentes. A diferencia del Paz de “Blanco” o de su admirado Gerardo Deniz, uno imagina a Lizalde como a una fiera enjaulada en esos moldes. Asombran la exactitud, la artificiosa naturalidad con que, verso tras verso, fluye ese poema que calculadamente se desborda en una retórica por momentos recargada, pero siempre efectiva. Cada cosa es Babel representa, pues, un hito: la revelación del poeta más interesante, mejor madurado, de una generación.
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En su hermoso documental Mi viaje a Italia, el cineasta neoyorquino Martin Scorsese revela su pasión por el cine italiano y, muy particularmente, por la obra del director Federico Fellini. Comenta ahí Scorsese, la revelación que le significó el acercamiento a esa filmografía y la creciente devoción que cada nueva película del monstruo de Rimini suscitaba en él. Al asombro que le significaron I vitelloni y La strada le sucedió la absoluta fascinación por La dolce vita, a la que Scorsese consideró un filme insuperable. Y sin embargo, nadie sino acaso el propio Fellini podía prever lo que estaba por venir: su obra más personal y cautivante, la más abiertamente cerrada (o bien, la más herméticamente abierta): La Obra Maestra. Azorado, el director de Brooklyn describe la conmoción que le provocó la belleza absoluta de aquel relato y aquellas imágenes con un título fraccionario: 8 ½.

Sirva de ejemplo esta anécdota cinematográfica para señalar el hecho de que una obra (una película, una novela, un libro de poemas) digamos solvente, madura, incluso magnífica, puede contener el germen de una ulterior, redonda, perfecta, llamémosle absoluta, pero no necesariamente la prevé. Como el gran terremoto largamente anunciado, aquélla puede no presentarse en toda una vida.

Rotas las lanzas, demostrado su dominio poético, lo esperable habría sido un libro que, depurados algunos de los excesos de su predecesor, confirmara la liquidez del poeta. Lo que, en cambio, trajo el año de 1970 fue un volumen impredecible, deslumbrante y anómalo que incluso le valió a su autor el mote legendario con que hoy lo conocemos. Libro paradigmático no sólo de Eduardo Lizalde sino de la literatura mexicana de los últimos 40 años, El tigre en la casa es una obra de oscura perfección. Título señero (al que en pocos años complementarían La zorra enferma y Caza mayor, ejemplares no menos nocivos que “La Fiera”), El tigre en la casa es un desgarrado lamento amoroso en el que se ceba la miel de la cicuta, una diatriba contra la ñoñez, la cursilería y las buenas intenciones poetiles, una bitácora de la bestia neurótica que habita en cada hombre, la elevación del mal humor al pedestal de los recursos poéticos, un panegírico de los celos, la misantropía y las bajas pasiones. Animal de puro nervio, sin un gramo de grasa retórica, El tigre… no sólo signó, con algunas excepciones, el resto de la obra de su autor, sino que efectivamente modificó de modo sustancial el paisaje de nuestra recatada poesía nacional, en cuyo páramo ceniciento aramos hoy quienes festejamos los ochenta años de El Tigre.

Yo celebro.
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Este sentido homenaje al mayor poeta vivo de México aparece en el número 160 de la revista Tierra Adentro. Ahí viene también "La rifa del Tigre", un ejercicio lúdico que me inventé para que ocho autores mexicanos de generaciones distintas escribieran sobre alguna de las figuras de la lotería lizaldeana. De venta en Sanborns, Gandhi y librerías Educal de todo el país.

2 Comments:

Blogger costa sin mar said...

ayayayyaya uyuyuyuy

7:47 p. m.  
Blogger ángel said...

Gracias por este perfil de el tigre mayor.

Un gusto estar por aquí.


Saludos...

7:27 p. m.  

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