miércoles, noviembre 13, 2013

Píldoras para no dormir






De sus sueños febriles, Kublai Khan erigió un palacio y Coleridge, un poema sobre ese palacio; McCartney despertó con la melodía de Yesterday y Keith Richards con el riff punzante de Satisfaction. De mi noche en blanco, he vuelto con este marchito ramo de flores cenicientas.




10:30 p.m. El futuro apenas se adivina como una sinuosa senda entre penumbras. Las espinas y el desfiladero al borde del camino sólo se revelan pasada la medianoche.




Qué son esas oleadas repentinas de ansiedad matinal; qué, esos ilusorios charcos de angustia diurna, ante el inmóvil, oscuro, inabarcable océano del desvelo.




Apenas conciliado el sueño, en mitad de la nada que es la noche, te despierta la certeza de una errata insoslayable: alguien −pero no sabes cuándo− olvidará acentuar tu nombre en el acta de defunción.




No es una cuestión de matices, sino de temperamento, lo que diferencia al sonámbulo del insomne: uno vive dormido, el otro muere despierto.




El insomnio nos convierte en espectros, almas en pena por los pasillos de nuestro descanso.




No hay heroísmo, ni siquiera santidad en el insomnio. Apenas, el martirologio estéril de la mosca que, contra el vidrio de su insignificancia, se debate en proyectos de vuelo.




Bien visto, el insomnio nos vuelve malos cínicos. Unos pésimos cioranes.




No es eterna la noche, el insomnio es infinito.




Un infomercial eterno como el más tedioso círculo del infierno.




El insomnio es un yugo, la cadena. Nosotros, el fantasma que la arrastra.




Pasado cierto punto, la tv deja de ser un paliativo: entre las dos y las tres de la mañana, comienzas a desear que esas profecías apocalípticas del History Channel, que todos los desastres aéreos de NatGeo, se cumplan puntualmente sobre ti en ese mismo instante.




Borgesiana: Los relojes y las goteras son abominables porque amplifican la duración de las horas.




¿Y si fuéramos solamente el insomnio de algún dios aburrido?




Hay un secreto laberinto adentro de la almohada. Entre fibras o plumajes se extienden sus amplios corredores, sus senderos sin final. A oscuras, con los ojos abiertos y la oreja pegada a ese blando muro, escucho el eco de mis pasos buscando la salida.




Después de cuatro o cinco noches, de seis o siete horas de reposo, el monstruo reaparece. Inquilino molesto e invasivo, okupa del reposo, entra hasta el fondo de tu incipiente duermevela y saluda con un alarde confianzudo: −¡Vaya, hasta que te encuentro despierto!




2:17 a.m. Después de varias horas hipnotizado frente a Animal Planet, me levanto contagiado del entusiasmo y la adrenalina que derrochan unos tipos que atrapan lagartos a mano limpia, valientemente decidido a aniquilar a ese mosquito.




La gota repentina, repetida, de incierto origen imposible de hallar a media madrugada, ¿no será el grifo mal cerrado de la conciencia turbia?



Cambiaría cualquiera de mis sueños por dormir de corrido toda la eternidad.




Amanece: la vida vuelve a sus engranes. Pero el viejo Nosferatu está muerto de sueño.




Te veré en el insomnio.


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Este pastillero anda circulando en el número 54 de Revista Picnic, dedicado a nosotros, los insomnes.

2 Comments:

Blogger Pablo Rendón said...

Y llegado el momento, el insomnio entra al capullo para hacerse sueño eterno.
Me ha encantado tu blog, un abrazo.

6:58 p. m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Muchas gracias por tu visita, Pablo.

9:15 p. m.  

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