Eduardo Lizalde: la miel de la cicuta

“Me mira este pintor con ojo crudo y cruel,/ con ojo del Spagnoletto y de Velázquez,/ aunque ennoblece el porte nativo del modelo/ y le concede a mi nariz de cuervo dignidad aguileña.” Leo en estos versos, los primeros cuatro, de “Traducción de un rostro” (incluido en la Nueva memoria del tigre, volumen que reúne la obra poética que Eduardo Lizalde publicó entre 1949 y 2000) algunos rasgos esenciales de la poesía de Lizalde: ritmo y precisión, humor y alta cultura, ironía. Al tiempo que describe con exactitud un cuadro, el retrato que de él hizo Arturo Rivera, pintor dueño de un ojo y una técnica heredados de aquellos artistas con los que se le equipara, el poeta no duda en dirigir los dardos de su sorna contra su propio gesto, no el del felino que, merced a sus aficiones tigrescas, los lectores le hemos conferido en nuestro imaginario, ni siquiera el que le otorga el artista mediante la dignificación de su apéndice nasal, sino el más humilde, acaso vulgar, de un ave oscura considerada de mal agüero, a diferencia del águila, asociada (según Chevalier y Gheerbrant) con estados espirituales superiores: la fuerza, el valor y la inmortalidad. Quien conozca ese retrato de Lizalde por Rivera podrá confirmar la justa correspondencia entre la imagen pictórica y el discurso poético, uno que, más que glosar el contenido de aquélla, lo complementa al añadírsele como otra capa de óleo oscuro. Quien lea esos versos podrá también verificar la manera en que, como en el poema de su admirado Baudelaire, “…se responden perfumes, colores y sonidos”.

La rosa es una herida, una sutura
en la membrana de algún vecino mundo superior,
un fuego accidental que ha perforado
la celeste comba del mundo terrenal,
un brote y estallido de belleza
de no previstas proporciones.
En los parajes de los que provienen,
las rosas son las pústulas.
“No combato particularmente contra nada, pero tengo una visión bastante negra del mundo”, declaró alguna vez Lizalde en una entrevista con Fernando García Ramírez. He aquí la clave fundamental de una poesía tocada por la gracia paradójica de la belleza que duele al revelarse, al endulzar el muñón que nos deja su dentellada.
en la membrana de algún vecino mundo superior,
un fuego accidental que ha perforado
la celeste comba del mundo terrenal,
un brote y estallido de belleza
de no previstas proporciones.
En los parajes de los que provienen,
las rosas son las pústulas.
“No combato particularmente contra nada, pero tengo una visión bastante negra del mundo”, declaró alguna vez Lizalde en una entrevista con Fernando García Ramírez. He aquí la clave fundamental de una poesía tocada por la gracia paradójica de la belleza que duele al revelarse, al endulzar el muñón que nos deja su dentellada.
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Si es verdad que Lizalde y su obra cambiaron el paisaje poético mexicano, como llegó a afirmarlo Octavio Paz, lo es por varias razones. “La aparición de un poeta verdadero tiene algo de milagroso”, declara Paz en esas mismas líneas (publicadas en 1986 y destinadas a saldar una deuda con uno de los grandes ausentes de Poesía en movimiento). En ese sentido, Paz hace eco de las meditaciones que llevaron a Paul Valéry —uno más de los referentes lizaldeanos— a escribir:
La experiencia como la reflexión nos muestra […] que los poemas cuya compleja perfección y cuyo afortunado desarrollo imponen […] a sus maravillados lectores la idea de milagro, de golpe de suerte, de realización sobrehumana […], son también obras maestras de labor, […] monumentos de inteligencia y de trabajo sostenido, productos de la voluntad y del análisis […]. En un poema de cierta longitud es posible sentir que existen poquísimas posibilidades como para que un hombre haya podido improvisar sin retornos…

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En su hermoso documental Mi viaje a Italia, el cineasta neoyorquino Martin Scorsese revela su pasión por el cine italiano y, muy particularmente, por la obra del director Federico Fellini. Comenta ahí Scorsese, la revelación que le significó el acercamiento a esa filmografía y la creciente devoción que cada nueva película del monstruo de Rimini suscitaba en él. Al asombro que le significaron I vitelloni y La strada le sucedió la absoluta fascinación por La dolce vita, a la que Scorsese consideró un filme insuperable. Y sin embargo, nadie sino acaso el propio Fellini podía prever lo que estaba por venir: su obra más personal y cautivante, la más abiertamente cerrada (o bien, la más herméticamente abierta): La Obra Maestra. Azorado, el director de Brooklyn describe la conmoción que le provocó la belleza absoluta de aquel relato y aquellas imágenes con un título fraccionario: 8 ½.
Sirva de ejemplo esta anécdota cinematográfica para señalar el hecho de que una obra (una película, una novela, un libro de poemas) digamos solvente, madura, incluso magnífica, puede contener el germen de una ulterior, redonda, perfecta, llamémosle absoluta, pero no necesariamente la prevé. Como el gran terremoto largamente anunciado, aquélla puede no presentarse en toda una vida.
Rotas las lanzas, demostrado su dominio poético, lo esperable habría sido un libro que, depurados algunos de los excesos de su predecesor, confirmara la liquidez del poeta. Lo que, en cambio, trajo el año de 1970 fue un volumen impredecible, deslumbrante y anómalo que incluso le valió a su autor el mote legendario con que hoy lo conocemos. Libro paradigmático no sólo de Eduardo Lizalde sino de la literatura mexicana de los últimos 40 años, El tigre en la casa es una obra de oscura perfección. Título señero (al que en pocos años complementarían La zorra enferma y Caza mayor, ejemplares no menos nocivos que “La Fiera”), El tigre en la casa es un desgarrado lamento amoroso en el que se ceba la miel de la cicuta, una diatriba contra la ñoñez, la cursilería y las buenas intenciones poetiles, una bitácora de la bestia neurótica que habita en cada hombre, la elevación del mal humor al pedestal de los recursos poéticos, un panegírico de los celos, la misantropía y las bajas pasiones. Animal de puro nervio, sin un gramo de grasa retórica, El tigre… no sólo signó, con algunas excepciones, el resto de la obra de su autor, sino que efectivamente modificó de modo sustancial el paisaje de nuestra recatada poesía nacional, en cuyo páramo ceniciento aramos hoy quienes festejamos los ochenta años de El Tigre.
Yo celebro.

Rotas las lanzas, demostrado su dominio poético, lo esperable habría sido un libro que, depurados algunos de los excesos de su predecesor, confirmara la liquidez del poeta. Lo que, en cambio, trajo el año de 1970 fue un volumen impredecible, deslumbrante y anómalo que incluso le valió a su autor el mote legendario con que hoy lo conocemos. Libro paradigmático no sólo de Eduardo Lizalde sino de la literatura mexicana de los últimos 40 años, El tigre en la casa es una obra de oscura perfección. Título señero (al que en pocos años complementarían La zorra enferma y Caza mayor, ejemplares no menos nocivos que “La Fiera”), El tigre en la casa es un desgarrado lamento amoroso en el que se ceba la miel de la cicuta, una diatriba contra la ñoñez, la cursilería y las buenas intenciones poetiles, una bitácora de la bestia neurótica que habita en cada hombre, la elevación del mal humor al pedestal de los recursos poéticos, un panegírico de los celos, la misantropía y las bajas pasiones. Animal de puro nervio, sin un gramo de grasa retórica, El tigre… no sólo signó, con algunas excepciones, el resto de la obra de su autor, sino que efectivamente modificó de modo sustancial el paisaje de nuestra recatada poesía nacional, en cuyo páramo ceniciento aramos hoy quienes festejamos los ochenta años de El Tigre.
Yo celebro.
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Este sentido homenaje al mayor poeta vivo de México aparece en el número 160 de la revista Tierra Adentro. Ahí viene también "La rifa del Tigre", un ejercicio lúdico que me inventé para que ocho autores mexicanos de generaciones distintas escribieran sobre alguna de las figuras de la lotería lizaldeana. De venta en Sanborns, Gandhi y librerías Educal de todo el país.
