Talibanes a la mesa

[...] En un extraordinario ensayo sobre el cuestionable placer que invade al mexicano mientras se horada las tripas y siente arder la lengua creyendo que se alimenta, Juan Villoro describe un rasgo esencial del perfil gastronómico de aquél (que también soy yo): “… ya no sabe si le gusta lo que le pica o le pica lo que le gusta.” Esta especie de fundamentalismo culinario genera cualquier cantidad de incomprensiones, malentendidos y distanciamientos de doble sentido: por un lado, nos hace creer que quienes no comparten nuestro inflamable placer viven en el error (cuando las gastritis, colitis, úlceras y demás dolencias gástricas que padecemos diariamente nos demuestran que los necios somos nosotros); por otra parte, hace pensar a quienes nos observan azorados que nuestra irritante afición es una forma del sufrimiento. Tampoco. Podríamos decir que se trata de un bondage culinario: un refinado placer, un goce perverso que solamente quienes desde los dos o tres años hemos curtido nuestro paladar en los rigores primero de caramelos y frutos enchilados, y más tarde de pipianes, chilaquiles, adobos, moles de olla y pozoles rojos podemos comprender. Lo otro ―las agruras y los retortijones, la membresía en el consultorio de algún gastroenterólogo calificado o de perdida con un médico de barrio― es el precio que siempre estaremos dispuestos a pagar.
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Este es un fragmento del ensayo que leí para el podcast de la edición digital de Letras Libres. Pueden escucharlo completo y/o en una de esas hasta descargarlo en el website de la revista o darle clic a este enlace: http://www.letraslibres.com/index.php?art=13825 . Si notan en mi voz cierto magnetismo sensual, no se emocionen, es que andaba ronco.