sábado, enero 28, 2006

Perder amigos*


A Paula Chávez, amiga excepcional



Discrepo de aquellos que opinan que los buenos amigos duran toda la vida. Como en cualquier tema en que dominen los sentimientos, esto puede ser cierto, pero también falso.

He conocido personas excelentes cuya amistad sincera no me ha durado más de una hora, y en algunas ocasiones mucho, muchísimo menos. Les basta poco tiempo para conocerme a fondo, enterarse de algunas de mis cualidades y de mi sobrado talento y entonces empezar a envidiarme. Lo que al principio eran sonrisas y buenas intenciones para con mi persona no tardan en volverse muecas de animadversión y patadas debajo de la mesa. Si al principio de una conversación mi locuacidad y mi buen humor me hacían digno de sus atenciones, ya después de media hora la capacidad de discusión y la manera tajante que tengo para refutar argumentos carentes de sensatez hacen evidente la intolerancia de mis interlocutores.

Claro que esto no ocurre siempre, pues conozco personas que han aprendido a prodigarme los favores de su amistad no obstante las incomodidades que mis virtudes puedan causarles. He llegado a pensar que si esos amigos del alma no me envidian debe de ser sin duda porque son más talentosos que yo, y que si bien hasta el momento no lo han probado, como el tigre, agazapados entre la maleza, esperan sus cinco minutos de lucidez para asestarle un zarpazo a mi genio. Quién sabe. La posibilidad está latente, pero quizás nunca llegue ese día, y si así fuera lo más grave que podría pasar sería que borrara sus nombres de mi agenda.

Por supuesto, tengo amistades que no sólo me superan en inteligencia, sino cuya belleza física (porque en la del alma no hay quien me gane) rebasa notoriamente mis características de mexicano promedio. A esas prefiero no frecuentarlas demasiado, y en todo caso me informo de sus vidas a través de terceros:

- ¿Has sabido algo de fulano?

- Sí, lo vi hace unos días. Acaba de divorciarse y su última novela es un fracaso... Está derrotado

- Pobre, prometía tanto.

Cuando esto ocurre me apresuro a llamarlos por teléfono y los consuelo de su tristeza informándoles de mi próximo viaje, de mi última conquista amorosa o de mi nuevo y jugoso contrato editorial. Seguro que se alegran --porque, ¿quién no se alegra de los triunfos de sus amigos?--, tanto que mientras me escuchan permanecen mudos, y sin encontrar la forma idónea de externarme sus felicitaciones cuelgan el teléfono y se ponen a pensar en lo bueno que es contar con amigos como uno, que los distraen de sus penas.

Amigas tengo muchas. Algunas son feas, otras, más. De las guapas prefiero huir. O me enamoro de ellas o (por la misma razón) me hago confidente de sus maridos y, por uno de esos misterios de la naturaleza humana, ambos terminan prescindiendo de mi confianza. Por eso prefiero las feas. Parto de un sencillo principio: si lo que se quiere es una amiga, lo mismo da que sea bella u horrible. Y de hecho elijo la fealdad por dos razones obvias:

La primera es que difícilmente se cae en tentaciones de la carne si ante nosotros tenemos algo que se quedó a medio camino entre una mujer y un agente de tránsito.

La otra es una razón que la literatura clásica y el Siglo de Oro no se cansaron de repetirnos: el Tempus Fugit, la mutabilidad de la belleza (“en tanto que de rosa y azucena...”). Es cierto. Una amiga fea difícilmente puede decepcionarnos; si después de no verla durante uno o dos años la volvemos a encontrar lo peor que puede pasar es que su fealdad se haya acrecentado; si ocurre lo contrario nos maravillaremos ante el milagro. En cambio suele ocurrir que una princesa que era hermosa hace algún tiempo, cuando desdeñaba nuestras pretensiones amatorias, no sea hoy más que una rana gorda que nos exige el beso del desencanto.

Estoy seguro de una cosa: un amigo que dura toda la vida no es un amigo, es un lastre. Durante todo ese tiempo está allí precisamente para recordarnos las horas que, desperdiciadas a su lado, pudimos haber invertido en tareas menos innobles: sembrar un árbol, escribir un libro, procrear (o hacer como que procreamos) un hijo.

Si bien acepto con resignación estoica la compañía de ciertos camaradas, detesto abrumar con mi presencia cotidiana a quienes han decidido honrarme con su cariño fraterno. Bastante difícil debe serles acarrear con sus propias cuitas como para, encima de eso, llevar a cuestas la carga abrumadora de tener un amigo iluminado por la sabiduría. Aún más estoicos deben de ser ellos a los ojos de Dios.

No creo en la amistad perpetua por una simple y llana razón: me resulta aburrido pensar que cuando tenga sesenta y cuatro años me seguiré viendo con un tipo que conocí a los quince, con quien nunca tendré un altercado --porque jamás me atreveré a confesarle las ganas que le tengo a su mujer--, para platicar las mismas cosas que treinta años atrás y acordarnos de gente que a esas alturas de la vida seguramente habrá superado hace tiempo el estado de putrefacción.

No me gustan, pues, esos amigos que exigen de uno no sólo la amistad, sino nuestra atención permanente. Caprichosos y malacostumbrados pensarán que estaremos allí por los siglos de los siglos para brindarles la muleta de nuestra deferencia, y váyase a saber si duremos tanto. Me parecen más oportunas esas veloces amistades de cantina, fraguadas al calor de los tragos. Ellas no solamente no exigen nuestra atención, sino que a cambio de la suya, y de escuchar confidencias que en otro contexto posiblemente ni siquiera les interesarían, únicamente piden el regalo de un trago miserable, y eso si no lo invitan primero. Como vienen se van, pero al igual que el Alka-Seltzer nos brindan “el rápido alivio”, sin sospechar que con ellas se va nuestra “resaca de todo lo sufrido”.

Sinceramente prefiero mil veces a mis enemigos: de ellos sí podré desconfiar abiertamente toda la vida, y si me apuñalan por la espalda tal hecho no podrá decepcionarme, pues sé bien que el polvo de su odio sobreviviría al Apocalipsis.

*Publicado originalmente en “Expresso”, suplemento de Correo de Hoy, Guanajauato, 27 de mayo de 2000.

14 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Amigos????:


Señor Cabrera, quisiera afirmarle mi mas caro deseo de nunca ser su amigo. O algo que se le parezca... Es mas, ni siquiera lo conozco...

Mal amigo!

4:45 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Sí, señor:

Yo también suscribo el lúcido comentario del lúcido escribiente de arriba, mal amigo!

Atte. El cosuscribiente!!!

2:38 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

yo lo he perdido y es duro que "tus amigos " te den la espalda..duele
la vida sigue,pero estas "punyaladas" hacen envejecer mas rapido!!!

8:08 a.m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Anónimo (¿a?):

¡¡¡Y que lo digas!!! Yo he ganado arrugas y perdido pelo. Pero, como dices, "Life goes on".

Y apropos, ¿tú a quién perdiste?

VC

10:43 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

Un amigo antes o después te la va a "clavar" con una u otra cosa, a mi me ha pasado, pero un ser humano sin amigos no es nada, necesitas a alguien para contarle y que te cuente las penas de la vida (eso no se consigue con amigos de copas) si no es así no eres humano.
Que sería del mundo sin amigos, sin esa media confianza que nos hace sentir que estamos vivos o lo que es lo mismo en sociedad.......

11:37 a.m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Anónimo:

Estoy de acuerdo contigo... un ser humano sin amigos no es nada, a diferencia de uno con amigos, que vendría siendo una nada pero bien acompañada por sus judas.

Adelante y mucha suerte.

VC

2:19 p.m.  
Blogger Unknown said...

La grandilocuencia de sus palabras sólo me hace pensar en un sabelotodo, prepotente y sin tino, así es que espero, con toda mi energía, no conocer a tipo tan altanero como usted.

10:35 p.m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

(In)estimado Roberto:

Yo agradezco a la vida no conocer (ni tener por amigo) a alguien tan apocado, resentido y envidioso como usted.

VC

12:42 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

mis amigos me dieron la espalda :(

8:51 a.m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Sr.(a) anónimo[a] [¿?] de las 8:51 AM:

Si, como dice, su amigos le dieron la espalda, eso es algo que no debería incumbirme, puesto que me presumo respetuoso de las preferencias sexuales de cada quien. Ahora que, puestos a escoger, yo preferiría que ciertas amigas me dieran el frente.

De todo corazón:

VC

8:11 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Sinceramente, estoy totalmente de acuerdo con los dos primeros comentarios...usted no es un amigo, es una lapa, que se pega a quien le interesa con el mero propósito de tener a alguien que le alabe y, cuando eso deja de suceder, intenta echar por tierra sus convicciones y ponerles en ridículo, para luego, poder pensar y decir a sus otros..."lastres" que esa gente era una envidiosa. ¿Envidiosa de qué? Si lo único que tiene usted más alto que los demás, es la prepotencia, y de eso, le aseguro yo que no se vive.

Se cree que lo sabe todo, que tiene el don del conocimiento, pero no, señor Cabrera, no lo tiene, un amigo nunca es un lastre, un amigo es un apoyo, alguien a quien queremos, y no alguien a quien usamos como a un pañuelo, así que no crea que usted , señor mío, está dotado de una sabiduría mayor a la de los demás, ya que puede tener un gran intelecto, pero de la vida y los sentimientos, permítame decirle, que no tiene ni idea.

Y por último concluyo con una frase ya célebre en las tiras de comentarios que he leído.

"Mal amigo"


PD: Que sepa usted, que tengo 17 años, pero no voy a permitir que me menosprecie, ni me hable con menos respeto que yo a usted, a quien considero (igual que usted a sus "amigos", inferior) por eso, ya se lo aviso.

2:57 p.m.  
Blogger Víctor Cabrera said...

Despreciable amigo adolescente:

Agradezco, en lo que valen, sus atinados comentarios. Ya veo que sí, Ud. también debe de ser una lapa para amigos suyos sin duda más iluminados y quienes, sin duda, sabrán leer entre líneas mejor que vuesa merced.

Por lo demás, si no se escudara en ese maloliente anonimato, sin duda me permitiría saber cuándo y por qué motivos he podido yo menospreciarlo, si, hasta donde recuerdo (a no ser por un sobrino quinceañero) no suelo trabar amistad con gente de su tierna edad (aun tratándose, como se adivina por su prosa, de un joven Rimbaud redivivo).

Respetuosamente:

Su amigo vc.

7:29 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Querido señor Cabrera:

No estoy aquí para discutir sobre el grado de iluminación de mis amigos, puesto que, al revés que usted, y que a usted, los considero (y puede que esto le suene extraño aplicado a algo fuera de la rama de sus amados conocimiento e iluminación que tanto prodiga tener) bastante importantes, y como ya dije antes, un apoyo y no un lastre.

En lo que respecta a mi relación con mis amigos, puedo estar seguro de que no soy una lapa para ellos, y eso que tengo amigos más inteligentes, más guapos y más hábiles que yo, y al contrario, por supuesto, no practico esa forma de discriminación que usted tanto ama y en la que tanto se apoya como si de un amigo se tratara, bueno, si supiera lo que es un amigo, entonces podría entender mi comentario, pero desisto de intentar explicarle el significado de una palabra tan poco precisa y cuyo significado, en el mejor de los casos, podría ser clasificado como "inútil" en una mente tan cuadriculada como la suya. No tiene confianza en nadie más que usted, y se cree superior a los demás. ¿Por qué? ¿¡Por que escribe en un blog, o sus padres y profesores alabaron de joven su inteligencia?! Pues le informo, muy señor mío, que de inteligencias, hay muchas clases, y usted carece de varias de ellas.

En lo que respecta a cuándo me ha menospreciado usted, eso era simple y llanamente una petición, pero si le agradaría estar informado de un momento en el que me ofendió, la única vez en su vida, sin duda ese dudoso honor lo ostenta el pútrido momento en el cual leí su opinión acerca de los amigos y la forma en que usted los trataba.

Y la lástima de todo esto, es que, como es bien sabido por todos, las cucarachas sobrevivirían a un ataque con radiación.


Att. AB.

PD: Soy, por supuesto, el mismo joven de antes.

4:38 a.m.  
Blogger Iraí. said...

Señor Cabrera, he releído su post con mayor entusiasmo y admiración que la vez primera.
Me parece entender por qué antes me causó un poco de aversión. Es simple, me veo reflejada en todo lo que usted dice ser y no es. Creo que escribió todas aquellas cosas que no es ni podrá ser aunque en ello se le fuese la vida. En cambio, mi alma simplemente no tiene remedio, sirve a las fuerzas mezquinas del mal. Usted, en cambio debe ser tan noble como los panes de dios. Ahora que escupí esta irredimible verdad, puedo descansar tranquilamente.

Saludo, señor V.

12:38 a.m.  

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